El especialista de Medicina Interna del Hospital San Juan de Dios de León, centro que atiende al año a casi 150 pacientes en la fase final de su vida, explica que el “gran reto” pasa por llegar a la totalidad de los pacientes neurológicos.

Prestar asistencia a las personas  que se encuentren en la fase final de su vida para eliminar el dolor físico de la propia enfermedad y, por otro lado, mantener el equilibrio emocional a la hora de enfrentar el momento de la muerte es el objetivo de unos Cuidados Paliativos que este sábado 10 de octubre celebran su día mundial.

En el Hospital San Juan de Dios de León se atiende al año a casi 150 pacientes en situación terminal (139 en 2019 y 85 en el primer semestre de 2020) derivados del servicio de Urgencias y de la planta de Oncología del Complejo Asistencial Universitario de León (Caule), así como de los equipos de soporte docimiciliario del Sacyl.

Aproximandamente siete de cada diez pacientes atendidos son oncológicos, pero en los últimos años se está apostando por tratar a aquellos con insuficifiencia cardíaca, respiratoria, renal y hepática. “Cada vez son más“, precisa Roberto Riera Hortelano, especialista de Medicina Interna en San Juan de Dios, sin olvidar que el “gran reto“ pasa por llegar a la totalidad de los enfermos neurológicos, puesto que en patologías como la ELA (esclerosis lateral amiotrófica) los Cuidados Paliativos son muy necesarios.

“La atención paliativa es más difícil cuando es el cerebro el órgano que falla”, apunta en relación a las demencias muy avanzadas en las que el deterioro cognitivo es tan grave que impide al paciente comunicarse.

El trabajo con la familia

Riera, que trabaja en el Hospital San Juan de Dios de León desde el año 2010, pone el acento en el trabajo llevado a cabo con las familias en el marco de una asistencia integral: física, psíquica y muchas veces social en la que no se debe dejar pasar por alto el momento del duelo. En este sentido, el Servicios de Atención Espiritual y Religiosa (SAER) del centro trata de ayudar a superar las posibles pérdidas a todo aquel que así lo solicita.

“Cuanto más joven es el paciente más complicado se hace todo“, indica Riera. No obstante, la edad media se situó entre enero y junio en los 75 años, disparándose a los 80 en el caso de las mujeres que precisaron cuidados paliativos.

Pero la red, según lamenta, no acaba de llegar a todos los que la necesitan en un provincia condicionada por la dispersión geográfica. “El mayor problema está en la integración de los pacientes no oncológicos“, según precisa.

“Unos buenos cuidados paliativos suponen una importante mejora de su calidad de vida y ahorran recursos al sistema al evitar ingresos innecesarios (la estancia media en el primer semestre fue de 12,73 días)“, pone de manifiesto un especialista que confirma la escasa penetración del documento de voluntades anticipadas o instrucciones previas. Una suerte de testamento vital que refuerza su autonomía como pacientes y tiene en cuenta la limitación del esfuerzo terapéutico en caso de enfermedad terminal o situación irreversible; es decir, aquella en la que no se atisba una mínima señal de recuperación.

Porque a veces los pacientes son sometidos a pruebas complicadas y agresivas en una situación en la que poco a nada se puede sacar en positivo. Siempre ajustándose a la ley, porque la eutanasia es hoy por hoy ilegal en España. La legislación vigente no contempla el suministro de fármacos para acabar con la vida, pero sí su rechazo. Los días no se prolongarán con medidas de soporte vital si el enfermo así lo decide.

Riera defiende la formación en este área. Y es que aunque Castilla y León ha sido la primera Comunidad autónoma (Canarias, la segunda) en crear la categoría profesional de médico de Cuidados Paliativos, la mitad de las facultades de Medicina de España no imparten asignaturas específicas y, solamente, en siete se contempla como materia obligatoria en sus planes de estudios.

La pandemia del coronavirus ha modificado totalmente las dinámicas de asistencia sanitaria y cuidado de estos pacientes. Y sobre todo, según concluye Riera, ha afectado a aquellos “pendientes de entrar en el circuito“ de cuidados paliativos.